Una “típica” historia de amor
septiembre 10, 2009 No CommentsNo es común que el patrón al cerrar su negocio, se acomida y lleve a su empleada hasta su domicilio particular, al menos que el patrón sea “cristiano o evangélico” y tan humanitario que, se desviva en atenciones y cuidados llevando en su automóvil a la empleada mientras ésta le va jugando la pierna. Tal vez se deba, para no pensar mal, porque entre ambos existe un cariño como el de un padre y una hija…
Antes de que su cabecita comience a dar vueltas debo aclarar que, si su esposo y la empleada de mostrador sostienen una amistad íntima, tanto que, la lleva al mar a comer, todas las noches la acompaña a su casa y hasta los perros de la colonia en donde ella vive se llevan muy bien con él y de paso éste, cuando llega, se recuesta tantito en el catre mientras ella le prepara un café, es porque usted, estimada lectora, no tiene vergüenza, a pesar de que todas sus amigas y quienes los conocen, ven todas las noches a la pareja romancear, como si fuesen un par de tórtolos, una pareja que vive el clímax de una relación bendita por los dioses.
La historia no ocurrió en el corazón de la ciudad pero sí la historia se parece a la suya, debo pedirle disculpas anticipadamente, porque en esta ocasión no se trata de un hombre socialmente conocido, sino de un caso que me hizo recordar a muchos viejos que, a la par del matrimonio, sostienen una relación amorosa con su empleada y en donde la esposa, a valores entendidos y para no perder su papel de “señora”, a falta de dignidad prefiere no alterarse por la relación y fingir como que entre su esposo y la muchacha, no hay nada más que una “bonita” relación de trabajo.
Historias típicas en donde la empleada comparte con la esposa lo mismo, solo que ésta después de terminar con sus labores de empleada, es tratada con cariño, delicadeza y mucha paciencia por el viejo aquel que, identificado más con el olor del sobaco de las sirvientas, prefiere acurrucarse en los brazos de una muchacha de pueblo que está dispuesta a compartir su amor con la esposa. Una relación bonita porque la empleada no le exige ni divorcio y tampoco que sea para ella solita, porque ésta, tras bambalinas, lleva una vida normal en donde no tiene ni compromiso ni responsabilidad, dos cosas que él sí debe tener al manejar dos amores a la vez.
La historia de hoy es un pequeño pasaje que supongo, a muchos hombres traviesos y viejos que están echándose sus últimas canitas al aire, les ha sucedido, sino lo mismo o parecido, tal vez cosas peores que han tenido que disimular para que la esposa no se entere, los nietos no se rían de él y sus amistades, que padecen lo mismo pero que les gusta burlarse, no lo llamen “viejo y pendejo”
El accidente de hoy se parece mucho a la de aquel lector que se llevó a una “amiguita”, confiado de que su esposa no estaba en el país, a su rancho, un sitio ochenta kilómetros alejado de la ciudad y cerca del mar, por lo que después de pagar el sueldo a los empleados ese sábado inolvidable, decidió que debía invitar a la muchacha a degustar unos ricos camarones en la Barra de Mazatán, no contaba con que la moza no era una muchacha que se bebía una cerveza y ya, sino que bebía como descocida al grado que en estado inconveniente la subió a su camioneta nueva y la trajo de regreso al pueblo.
Rápido les cuento que la muchacha se vomitó sobre el asiento batiéndolo todo, el hombre no sabía qué hacer pero como era mayor su calentura decidió que eso al día siguiente lo resolvía llevando el carro a un lavadero y ya, lo que urgía era llegar, para bajar a la mujer en su casa, bañarla, colocarla sobre su cama y luego…
Todo ocurrió como el viejo lo había planeado, de todas formas la muchacha con poca o mucha cerveza se hubiera entregado a él, porque ella estaba encantada con la personalidad del viejo. Así que después de la aventura, el hombre terminó sumido en un profundo sueño, tanto que se le olvidó el día en que estaba y como la historia es típica, la esposa llegó, descubrió al esposo tirado en la cama durmiendo, todavía con la toalla húmeda y hecha bolas que la mujer había dejado impregnada con su aroma corporal y de paso, a ésta se le olvidó una pequeña polvera en el buró de la cama de su misma habitación.
Cuando la esposa ya rebasa los cincuenta no le queda otra más que aguantarse, y es que una reconciliación a esas alturas de la vida es desgastante, tanto que, lo preferible es hacer el escándalo, el pancho, como llaman otras; gritar, escupirle al marido en la cara pero no dejarlo y tampoco permitir que se vaya del hogar porque sino la otra lo coge sin pensarlo. Y usted a estas alturas sino sabe hacer nada y siempre ha dependido de él, mejor aguántese y planee como vengarse, pero actúe con inteligencia y no con el hígado.
Pues bien. Sucede que el pasado sábado, íbamos por un camino rural unos amigos y este servidor cuando vimos un auto último modelo que se había salido del camino, sorprendentemente e inexplicablemente, de la terracería. Sí, el auto estaba sobre el monte pero atrapado en el alambrado y troncos ocultos por la maleza sin que el auto se pudiera desprender. Le preguntamos a una señorita que estaba abandonando el auto “sí se les ofrecía algo” y de inmediato apareció la figura de un hombre conlos ojos rasgados y como de sesenta años que dijo “sí”.
Por lógica tuve que preguntarle a la señorita cómo le había hecho para salirse de la carretera y embrocarse sobre la maleza, que me dijera quién iba manejando y entonces ella nerviosa me contestó
-es que yo venía manejando- ¿Y quién es él? –Es mi jefe- -trabajo con él-, resumió la muchacha pálida del rostro ante el tremendo problemón que había metido a su patrón.
Mientras iban por un carro pesado para desprender el auto de donde estaba atrapado, el hombre viejo y de origen oriental recibió una llamada en la que contestó –Estoy metido en un pedoteee!, le dijo no sé a quien mientras la muchacha se acercaba a él por la espalda y le abrazaba atrapándolo con su pierna y rodeando las de él ¡Qué bonita relación! Pensé. El jefe lleva al ejido en donde vive, a la empleada. Este le da el auto y vaya usted a saber qué le venía haciendo él que la muchacha perdió el control y se estampó.
La muchacha es una rancherita morena como de unos veinte años que vestía un diseño parecido al de RBD, solo que en pobre. Se paraba con pose de niña inocente y se tomaba la blusa jalándola para demostrar pena e inocencia, dos cosas que después entendí eran fingidas porque el hombre y ella sostienen una relación íntima en donde éste no puede reprenderla de nada porque es su “amorcito”, y con quien debió haberse enfrentado por el santo madrazo fue con su esposa.
Finalmente el carro se pudo desprender y entonces apareció que todo el frente estaba totalmente desmadrado, iba decirle que, cuando llegara a su casa chocara contra su portón y así no tendría que explicarle a su esposa por dónde andaba y qué andaba haciendo, pero me dije a mi mismo, “este viejo no creo que le importe a su esposa, si con verle a la pareja que lleva te das cuenta que le encanta el olor a sobaco de las sirvientas”, así que su esposa hace bien en seguir durmiendo tranquila sin que éste la moleste.
Eso ocurre a menudo y es típico, clásico en los hombres de sesenta cuando ya están dando sus última batallas en el terreno sexual, lo hacen con la empleada o la sirvienta, porque ésta no podrá quejarse, exigir y pedir más, sino conformarse con lo que el jefe le da y ella, hacer como que le gusta porque algo bueno puede obtener… ¿Así es o estoy mal?
Los hombres viejos y comprometidos, así como los muchachos en la pubertad, celebran sus travesuras con chicas y aventuras que cazan fuera del matrimonio, por eso a muchos los llaman “gateros”, o cazador de gatas, porque le apuestan a todo con tal de sentir que todavía están vivos. Sesenta años no es mucho y se supone son hombres que todavía duermen con señoras que, sino están macizas, al menos tienen experiencia y saben hacerlo como a él le gusta.
Pero el hombre casado generalmente busca fuera de casa lo que en su hogar no tiene: peligro y que le suceda algo que lo deje marcado para siempre.
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