La verdad de una amante
julio 27, 2009 No CommentsA Jorge Cruz Toledo, en ocasión de su cumpleaños.
-“La relación con Roberto me trastornó. No podía vivir sin él, un solo día sin verlo me afiebraba, una noche sin estar en sus brazos era un tormento”- Al principio más que un amor fue una pasión ciega, desatada, que por suerte él compartía, de otro modo yo hubiese perdido el juicio, me confía mi lectora en una charla que mantuvimos hace varias lunas.
Más tarde, cuando fuimos superando los obstáculos del destino, la pasión dio paso al amor. Lo admiraba tanto como lo deseaba, sucumbí por completo ante su energía, me sedujeron su valor e idealismo, en realidad era un hombre que su sola presencia tenía una personalidad imponente e irresistible, pero en la intimidad se transformaba. En mi cama era mío y se entregaba como un gatito huérfano entre mis brazos, o mejor dicho, como un joven en su primer acto de amor.
El era un hombre acostumbrado a la rudeza del campo, impaciente e inquieto, en realidad podíamos pasar días completos en ocio, dedicados a conocernos, contándonos los detalles de nuestros respectivos destinos con verdadera urgencia, como si se nos fuera a acabar la vida en una semana. Yo llevaba la cuenta de los días y las horas que pasábamos juntos, eran mi tesoro, él llevaba la cuenta de nuestros abrazos y besos. Me sorprende que a ninguno de los dos nos asustara esa pasión que hoy, vista desde la distancia de la edad me parece un sueño.
En realidad Roberto era aquel hombre que había vivido por más de treinta años al lado de una mujer que lo agredía con su sola presencia; toleró los años sanando sus heridas refugiado en el trabajo y por la existencia de cuatro hijos hasta que un día, cuando sufría por el temor de que la esposa lo asesinara, el destino lo acercó con Marisela.
Marisela, por decirlo protegiendo su identidad, es aquella mujer quien improvisó en el portón de su casa un pequeño comedor para sostener a tres niños que le había dejado su finado esposo, la misma que una mañana le ofreció una taza de café recién colado y quien sin saberlo pero con mucho amor, le frió una mojarra de cuarta y media, servido con una noble ensalada de lechuga y jitomates rebanados que lo hizo volver a ver la vida con pincelazos de color…
En ese primer encuentro supieron que el amor no muere, sino que solo cambia de nombre, y a partir de esa mañana ya no pudieron dar vuelta atrás. Cuenta Marisela que la relación comenzó con el cuidado de un par de adolescentes en un ensayo de amor prohibido. Roberto pasaba las noches en su casa y cuando debía viajar al rancho la llevaba con él. Le gustaba verlo montado sobre su caballo, tenía un aire marcial, y ejercer su don de mando sobre sus subalternos le encendía el calor en las venas, pero eso fue hace mucho….
Era un hombre espléndido, como hasta hoy, “me regalaba telas, joyas y monedas de oro”, aunque al principio esa generosidad le molestaba a nuestra confidente, pues le parecía un intento de querer comprar su cariño, aunque después se acostumbro a ellas. En un principio me habló muchas veces de su esposa, con remordimientos por no poderse casar conmigo, pero me aseguraba en las noches de amor que nunca me dejaría, aunque me llevaría al altar cuando “aquella” muriera, y tal vez esto le sacó la esperanza del corazón y se dispuso a celebrar el amor y la complicidad que compartían juntos, sin pensar en el futuro ni en los chismes, vergüenza o pecado.
En realidad eran un par de amantes, amigos, que solían discutir a gritos, ya que ninguno de los dos tenía temperamento manso, pero eso no lograba separarlos, al contrario, después de cada batalla, volvía como perro regañado con la cola entre las patas a pedirle perdón con un beso sonoro en la nuca que le estremecía toda la espina dorsal. “De ahora en adelante tienes la espalda cubierta por mí, Roberto, de modo que puedes concentrarte en dar tus batallas de frente”, le anunció Marisela en la séptima noche de amor, y él lo tomó al pie de la letra y jamás lo olvidó.
En otra ocasión Marisela, aunque ya había aprendido a sobreponerse de la terquedad que a veces la agobiaba cuando se enfurecía, una vez decidió castigarlo con su silencio. Roberto le tomó la cara entre las manos, le clavó sus ojos color miel y la obligó a confesar lo que le pasaba. “No soy adivino, Marisela, podemos acortar el camino si me dices qué quieres de mí”. Éramos similares, dice Marisela, ambos fuertes, mandones y ambiciosos por imponer nuestro reino de amor, fundar algo que los dos habíamos perdido en el camino, yo por una desgracia y él por mala suerte; lo que él sentía, lo sentía yo, así compartimos la misma ilusión por muchos años…
Mis hijos crecieron y nunca fueron un obstáculo para nuestra larga luna de miel, cuenta Marisela, quien se caracteriza por ser una mujer callada y de pocas palabras, solo que cuando la cabeza se le llena a su corazón se le da por desbordarse. Seguimos de pie frente al pórtico de la iglesia y Marisela está esperando a que Roberth, como le dice a su hombre de cariño, la recoja como habían acordado.
A pesar del carácter fuerte supieron irse acoplando, ella encontró al hombre que le volvió a dar la confianza para transitar sin temor alguno. Se habían alejado la fila de hombres en celo que la buscaban por el solo hecho de ser viuda, y él, estaba más que satisfecho al lado de una mujer generosa que le ofrecía lo mejor; todo era pensado para él, y Roberto nunca sintió rivalidad y mucho menos estar después de los tres entenados que en poco tiempo lo llamaron papá.
Sus regresos del campo eran gloriosos, Marisela como desde el primer día, lo sigue esperando como buena amante, sabe a qué horas y en qué momento regresará, sin lamentarlo ni sufrir. Ingresa a la cocina y prepara todo por él, cocina enormes ollas con caldos generosos a los que ingresa un paisaje de verduras y sazona con aromáticas hiervas, prepara una botana especial, mete a la nevera una docena de cervezas y cuando aparece en la puerta, lo invita a sentarse, beben a la par y charlan, comen y después él reposa la comida con una siesta fresca, la misma que vigila para que ningún ruido lo despierte y cuando termina, beben un café en el jardín de la casa.
“Al lado de él he tenido más de lo que una mujer puede desear en su vida, ha sabido tomarme la mano en los momentos más difíciles y ha cumplido cabalmente como un padre con mis hijos, casó a los tres y ha sabido recibir a los nietos como si fuesen de él, emocionado y orgulloso, aunque a veces me asaltaban dudas he comprobado gracias a sus palabras que no tiene otros nietos más que los míos”.
No es un hombre que anote fechas y que mucho menos celebre aniversarios, en cambio yo, escribo todo en mi mente y cuando no tengo con quien hablar lo escribo en un cuaderno de rayas para que el tiempo no lo borre, miro mi vida hacía atrás y comparo el presente, puedo verme frente al altar casándome con el hombre que me llevó de blanco y con quien fui inmensamente feliz, se me vuelven a nublar los ojos de lágrimas de solo recordar cuando lo despedí en el frío cuarto de aquel hospital donde lanzó su último suspiro, y todo está superado, gracias a Roberth, quien llegó a mi vida no solo, siempre he creído que mi finado esposo lo arrimó para que todo saliera como a él le hubiese gustado: “que no me quedara sola”, esa era su única preocupación.
En un principio pasé tres años llorando de día y de noche, desesperada por la carga pesada con la que tenía que lidiar, sin saber en muchas ocasiones ante problemas que me negaba a resolver, eran tres niños pequeños con las inquietudes propias de su edad y difícilmente podían medirse para pedir, pero cuando él llegó, la carga que llevaba en la espalda pude soltarla de un solo golpe, ese ha sido el premio más grande de mi vida, haber encontrado a un hombre prudente que supo apoyarme para educar a mis hijos sin convertirse en un padrastro, sino en el mejor amigo.
Roberto y Marisela han viajado por todo el mundo, cuando levanta la cosecha ella comparte con él las mismas angustias y no se despega de su hombre un solo momento, transporta su cocina hasta el rancho donde cocina para su querido y para los cuarenta y tantos peones, quienes agradecen también a Dios la llegada de esta mujer que está muy lejana de ser como la “otra” (la supuesta y verdadera esposa).
Hay cosas que no he tenido ocasión de contarte, por estar demasiado ocupada en cosas cotidianas, me dice apresurada, Beto está por llegar y no debe vernos juntos, sino las escribo o te las cuento me las llevaré a la tumba. A pesar de mi afán de exactitud, he omitido bastante en nuestros encuentros. Cuando te veo solo decido seleccionar lo esencial, pero estoy segura de no haber traicionado mi verdad. Esta es una parte de mi historia y la de un hombre, de quien la gente dice y habla mucho pero solo yo sé cómo teme y cómo ama.
Marisela es una más de mis lectores que sin temor a equivocarse me comparte su historia, sabe a qué me dedico y no teme que en mis escritos comparta sus vivencias y anécdotas, aunque me sugiere que no hable mucho de su felicidad, pues eso causa envidia. Los veinte años que lleva junto a Roberto, han sido como estar en el paraíso; nunca recuerda los malos momentos que, aunque los ha tenido, solo cuenta de las grandiosas reconciliaciones y de cómo todos los días logran conocer algo nuevo el uno del otro. Por cierto, y sabe usted ¿qué dice la esposa de todo esto…? se lo cuento en otra ocasión.
Para comentarios escríbeme a morancarlos.escobar@gmail.com o a afrodisiacacocina@yahoo.com.mx
